“Blue Jasmine” (Jaime Costa)

Este tranvía no se detiene

Sí, hace una película por año. Sí, puede que se exceda. Sí, tal vez no todas son dignas de su talento. Sí, la última (A Roma con amor) era bastante flojita. Pero, ¿qué más se le puede pedir a un hombre que en la última década hizo Match Point (2005), que era un melodrama de crímenes y pecados notablemente armado y brillantemente resuelto? ¿Y que hace apenas dos años logró con Medianoche en París (2011) una comedia no solamente encantadora sino lisa y llanamente mágica? En el medio hubo comedias de medio pelo, escorpiones malditos, miradas ajenas y promesas de hombres soñados, pero también un intento de cambio (de escenarios y de temáticas) donde hizo cosas en Inglaterra, España, Francia e Italia con desiguales resultados. Nunca decepcionantes, porque en una escala del uno al diez, Woody Allen siempre está por encima de cinco, a veces llegando a siete y ocasionalmente a nueve. En los dos títulos citados llegó a diez y en Blue Jasmine repite esa puntuación. Para un “anciano” de casi 78 años, 44 como director y la misma cantidad de películas estrenadas, no está mal, nada mal.

La carrera de Woody como realizador comenzó en 1969 (Robó, huyó y lo pescaron), porque no le gustaba lo que otros hacían con sus libretos y quería dirigirlos él mismo (igual que Billy Wilder en 1942). Al principio se limitaba a acumular chistes para hacer reír al público, pero a partir de Dos extraños amantes (Annie Hall, 1977) se puso más serio, construyó una historia más sólida y luego aprendió a dirigir con cada vez más soltura, con ciertos desplantes de dramaturgo a lo Bergman (Interiores, 1978) y con arranques poéticos de gran encanto (Manhattan, 1979). Y ya no pudo parar. Las obras maestras se acumulaban (Zelig, 1983; La rosa púrpura del Cairo, 1985; Hannah y sus hermanas, 1986; Días de radio, 1987; Crímenes y pecados, 1989; Disparos sobre Broadway, 1994) y era habitual esperar todos los años la nueva película de Woody Allen, a quien muchos le perdonaban todo con tal de disfrutar un poco, y otros (los menos) no le perdonaban nada y decían que se repetía en forma por demás autocomplaciente y poco creativa.

Pero eso suele suceder con todos los grandes maestros. No pueden bajar el tono porque parece que no tuvieran derecho a hacerlo. Lo que asombra en verdad es que Woody siempre saca ideas de su frondosa imaginación, sea en tono de comedia, de drama o de ambas cosas sabiamente mezcladas. En Blue Jasmine no hay nada de comedia y al principio parece que hubiese cierta desprolijidad. La acción salta del presente al pasado sin previo aviso y solo al poco rato uno se da cuenta de que todo está inteligentemente calculado. Jasmine (Cate Blanchett, en actuación memorable) llega como Blanche DuBois a casa de su hermana pobre (Sally Hawkins) pero ahí termina el parecido con la famosa obra de Tennessee Williams. Acostumbrada a un tren de vida a todo trapo en la sociedad neoyorquina, Jasmine se presenta como una mujer al borde de un ataque de nervios, que habla sola y no se consuela de haber perdido el lujo que adoraba, luego de que su marido (Alec Baldwin) fuera encarcelado como estafador y la dejara sin un centavo.

Los saltos al pasado muestran cómo era la relación matrimonial de Jasmine y la gente con la que se rozaba, la ropa cara y la mansión con vista al mar, los autos lujosos y el dinero que llovía a raudales. La comparación con el apartamentucho de su hermana en San Francisco, los hijos maleducados, el novio vulgar y malhablado (Bobby Canavale) y la promesa de una vida chata y sin glamour es desesperante. Todo intento de mejora choca contra la realidad y cada soplo de esperanza contrasta con aquel recuerdo de su vida anterior que, en un momento, se revela con toda su crudeza. Blue Jasmine es el retrato de una mujer que ha vivido de las apariencias y no puede enfrentar la realidad, no solo por cómo la ve (otra gente, tal vez, podría reconciliarse con la vida y comenzar de nuevo) sino porque ella misma no asume la culpa de haber consentido vivir con un estafador que la mimaba y cierra los ojos ante su propia responsabilidad por lo ocurrido.

Hay un dramaturgo en este Woody Allen que no opta por el humor sino por la mirada penetrante y nada compasiva hacia esta mujer que se desbarranca. Y ya no estamos ante una clase media neoyorquina, culta y judía, como en Crímenes y pecados o La otra mujer, sino ante personajes simples y populares frente a los cuales Jasmine siempre luce desacomodada. La madurez creativa del director le permite hamacarse cómodamente entre el humor y el drama, pero en ocasiones como esta se puede decir que alcanza la maestría que ha demostrado en al menos una docena de títulos memorables a los que ahora cabe agregar este notable último capítulo.

Blue Jasmine”. EEUU, 2013. Escrita y dirigida por Woody Allen. Con Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, Peter Sarsgaard, Andrew Dice Clay. Duración: 98 minutos.

Jaime E. Costa (Semanario Búsqueda, 31/10/2013)

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