«Algunas horas de primavera» (Jorge Abbondanza)

Rasgos de maestría para una historia de bravura y muerte

Alain es un provinciano rudo y de pocas palabras, por detrás de la cara tallada en piedra de Vincent Lindon. Acaba de salir de la cárcel, le cuesta encontrar trabajo y vive por el momento con su madre viuda (Hélène Vincent), una mujer de trato tan seco como el suyo. Esa crónica familiar va coloreándose con mirada severa a través de las rutinas cotidianas: sentarse a comer, visitar a un amigo, mirar la tele, planchar la ropa, cuidar al perro. Por la malla sensible de ese cuadro van filtrándose otras cosas menos sencillas, empero.

La madre está enferma y no descarta un desenlace cercano, Alain no soporta muy bien esa autoridad femenina ni su vacío afectivo. Entonces la historia, con sus arideces, sus monotonías y sus pesadumbres, comienza a abrirse para mostrar por dentro el terreno al que apunta realmente la película, el de las emociones sepultadas bajo la simpleza pueblerina, una condición a menudo incapaz de superar el silencio o eludir las ráfagas de violencia doméstica.

La mano con que Stéphane Brizé dirige ese asunto tiene una levedad ideal para insinuar los estados de ánimo o apuntar la mentalidad de sus personajes con un gesto sin palabras, una pausa contemplativa o una imagen quieta, en cuya inmovilidad se reflejan otros abatimientos menos visibles y algún recuerdo perturbador. Es notable la expresividad que Brizé consigue con una mirada absorta de Alain en primer plano, con la mirada muda de su madre doblegada en las tareas de cada día o con la furia repentina de una discordia entre ambos, que crece desde la agresividad verbal hasta alguna actitud bestial, y que está admirablemente resuelta. En esos rasgos el director reafirma el amplio crédito que le abrió otro de sus trabajos, Mademoiselle Chambon (aquí rebautizada Une affaire d’amour), cuya línea emotiva tenía una fineza extraordinaria.

Esa capacidad de observación tan penetrante, que enriquece todo el desarrollo de esta otra elegía, se acentuará sobre el tramo final del relato, cuando llega la instancia fúnebre en que una de esas vidas puede extinguirse y otra quede reducida a la soledad. Porque allí Brizé sabe anotar la mansedumbre con que ciertos espíritus encaran su despedida y la conmovedora torpeza con que otros son incapaces de liberar sus sentimientos. A esa altura la película toca el fondo de las emociones y la frágil intimidad de los humanos como rara vez lo hace el cine de hoy.

Para lograrlo tiene algunos instrumentos envidiables, como un elenco a la cabeza del cual Vincent Lindon compone al protagonista con una fuerza interior y una franqueza que solo admiten comparar ese perfil popular con los antecedentes de Gabin o Depardieu. Pero Hélène Vincent en el papel de la madre se empina al mismo nivel, trémula por fuera como un pájaro, aunque por dentro resistente como una piedra, para hacer frente a sus momentos de desolación, de aspereza, de bravura y de muerte.

«Algunas horas de primavera» (Quelques heures de printemps). Francia 2012. Dirección: Stéphane Brizé. Guión: Stéphane Brizé, Florence Vignon. Fotografía: Antoine Héberlé. Música: Nick Cave, Warren Ellis. Intérpretes: Vincent Lindon, Hèléne Vincent, Emmanuelle Seigner, Olivier Perrier.

Jorge Abbondanza (El País, 10/10/2013)