“Magallanes” (Guilherme de Alencar Pinto)

magallanes

Hablar en la lengua propia

No es mucho lo que nos suele llegar de cine peruano. El gran referente por acá es el cine de Francisco Lombardi, cuyas adaptaciones de Vargas Llosa corrieron el mundo, con una realización “profesional” y competente, lograban preservar mucho de la complejidad de los originales literarios al mismo tiempo que funcionaban en sus propios términos (como películas). Salvador del Solar, el director de Magallanes, parece descender directamente de ahí. De hecho fue el actor protagónico de Pantaleón y las visitadoras (1999) de Lombardi, que lo proyectó a una tremenda carrera actoral en cine y en televisión. Ésta es su ópera prima.

Al igual que en el cine de Lombardi, el estilo, la técnica y las premisas narrativas son muy “normales”, como si fuera una película comercial argentina o brasileña. La música incidental de Federico Jusid está interpretada por una orquesta (como en el cine de Hollywood) y actúa orientando y condicionando las emociones; la fotografía es matizada, muy plástica, y pronuncia la tridimensionalidad virtual de las imágenes, y van en ese sentido también el montaje urdido siempre sobre una buena variedad de ángulos, y unos discretos movimientos de cámara. Todo se centra en personajes, y la empatía con algunos de ellos es parte fundamental de la experiencia. Los actores están a la altura de los personajes (y algunos de ellos excepcionalmente bien), así como el presupuesto estuvo a la altura del guión (sin ser especialmente cara, la película no luce en absoluto “pobre”).

Dentro de ese marco de “normalidad”, es notable cómo el director debutante encontró el tono exacto de contención y de austeridad para acoplarse a un abordaje temático bien “tercermundista”, y rendirlo con contundencia y complejidad.

El inicio sugiere un drama social, y la película no deja de serlo. Acompañamos principalmente las vicisitudes de Harvey Magallanes, un ex-soldado que se gana la vida como taxista en Lima y completa sus parcos ingresos atendiendo al viejo coronel bajo cuyo mandó había servido y que ahora padece de Alzheimer. Entre él y otros personajes de su entorno, acompañamos existencias desprovistas de recursos y de perspectivas, en una sociedad que parece ser mucho más impúdicamente clasista y racista que la nuestra —es decir, el tono con que una parte ejerce autoridad y con que la otra demuestra sumisión y asume su inferioridad no está mediado por los cuidados que nacen de una vaga noción igualitaria—.

Pronto la película gana visos de thriller. Cuando Celina se sube al taxi de Magallanes, él reconoce en ella a la cholita que su grupo de soldados secuestró, hace unos veinte años, en Ayacucho durante el enfrentamiento con el Sendero Luminoso, para convertirse en la esclava sexual del coronel. En ese entonces ella tenía 13 años. Su esclavitud duró un año. Ella en principio no lo reconoce a Magallanes. A partir de ese encuentro él decide chantajear a la familia del coronel. Las cosas no salen como lo ha previsto, y la situación termina desembocando en algo más peligroso y violento.

Junto al drama social y al thriller, la película empieza a interpelar algunos aspectos incómodos, que la convierten además en un ejemplar de cine político: cuestiones que tienen que ver con la culpa, la omisión, el castigo, la expiación, las heridas abiertas, la dignidad y los sentimientos potencialmente explosivos comprimidos en ese aparente orden social.

No sólo queda mucho por hablar a la salida del cine, sino que la propia estructura de la película potencia varios momentos y vueltas de tuerca memorables. Hay secuencias de fuerte suspenso. Una acción sencilla como ser un corte de pelo gana de pronto una expresividad y una densidad de significaciones imposible de describir. La escena en que Celina sale a correr desesperada por los cerros alrededor de Lima en la noche, aparte de la belleza plástica y de la catarsis, es expresiva de la confrontación entre su trauma desgarrador y la indiferencia de la ciudad inmensa (esa misma ciudad que recorremos varias veces de día y de cerca, desde el taxi). El dicho de Milton sobre la manera en que extraña la adrenalina, el miedo y la guerra pronto se reinterpreta de manera inesperada en la etapa siguiente de las acciones de Magallanes. Y cuando tendíamos a ubicar a éste en una posición ética más o menos cómoda de “antihéroe heroico” —un subordinado que tomó consciencia de las villanías de las que fue cómplice y que pretende redimirse, asumiendo el riesgo de enfrentarse a gente poderosa— nos enteraremos de cosas que implicarán algo más entreverado y discutible.

En lo anecdótico, ocurren muchas cosas, pero cuando llega el final del film nada es demasiado distinto a cómo estaba al inicio. Pero para nosotros sí, no sólo por lo que aprendimos, pensamos y sentimos, sino además por la curiosísima culminación, que consiste en un minuto entero de puteada en quechua, sin traducción. Para la mayoría de los espectadores que no habla ese idioma, su contenido es el idioma mismo, toda la cultura que representa, la expresión del rostro que lo emite y el silencio a su alrededor. Parecería que en español sólo cabe la actitud de humillante sumisión, pero en el idioma nativo aflora la indignación, el odio, el repudio a la injusticia. La potencia de ese momento vale como un showdown.

Hay muchas cosas que no se definen y quedan abiertas a especulación. ¿Será que Magallanes desde el inicio tenía las intenciones altruistas que va a mostrar luego, o cambia de idea según el desarrollo de los eventos? ¿Los hombres que invaden la peluquería eran chorros nomás o fueron enviados por Rivero? ¿Celina denunció a Magallanes? ¿La decisión final de Rivero ya estaba tomada o de alguna manera es algo que asume la humildad de aprender de Celina? Dejar picando estas preguntas sobre cuestiones puntuales, y muchas más sobre el “qué hacer” en situaciones como ésta, es parte de la fuerza removedora de esta película intensa.

Magallanes”, dirigida por Salvador del Solar. Basada en relato de Alonso Cueto. Con Damián Alcázar, Magaly Solier, Federico Luppi. Perú, 2015.

Cinemateca 18

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 12/09/2016)

2 comentarios sobre ““Magallanes” (Guilherme de Alencar Pinto)”

  1. “Dinero, plata, en la cabeza de ustedes sólo dinero, sólo dinero. ¿Dándome esto ustedes van a curarme de todo lo que me han hecho? A mi padre, a mi madre ¿Van a hacerlos vivir con este dinero?. Desde el inicio, ustedes han hecho lo que les ha dado la gana con mi persona”“Mis derechos los han pisoteado. ¿Para qué estoy aquí? ¿ah? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hasta cuándo voy a esperar? Están pisoteando mis derechos. Ya no siento miedo de ustedes, ni de ti, ni de él, ni de nadie”…….traducción del monólogo en quechua ….encontrado en la web.

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