Ana Katz (Diego Faraone)

Desde la comprensión

La directora de cine y actriz Ana Katz (autora de las notables El juego de la silla, Una novia errante y Los Marziano) vino a Montevideo para el rodaje de su última película, Mi amiga del parque. Declarada admiradora del cine de los hermanos Dardenne, Katz conversó sobre sus inquietudes artísticas y la forma en que son volcadas en sus películas.

Reencuentros familiares que tienen mucho de asfixia, de sorpresa y también de encanto, los torbellinos de la ruptura conyugal y los de la reconstrucción de viejos vínculos. Esos son algunos de los temas en los que Katz se ha centrado en sus películas. Esta vez, en Mi amiga del parque, su profundo abordaje se centra en la temática de la maternidad y el puerperio. La película, además de contar con talentos indiscutibles como su esposo Daniel Hendler, Julieta Zylberberg, Maricel Álvarez, Malena Figó y Mirella Pascual, contará con música de Leo Masliah y un guión co-escrito a cuatro manos entre ella misma y la escritora salteña Inés Bortagaray. Sobre realidades cotidianas que suelen ser pasadas por alto, la talentosa cineasta se explayó con puntería, aportando ejemplos ilustrativos, con notoria timidez y una franca humildad.

¿Cuándo empezaste a ver cine?

Desde mi infancia hubo películas que me cautivaron, me acuerdo que me encantó La novicia rebelde; y en esa gama naíf y soñadora, me gustaba también Mary Poppins. Después veía películas con mis padres, en los cines y los autocines. En ese momento las películas se daban de un modo más ceremonioso. A los autocines no se podía pasar con niños (además eran épocas horrorosas), pero mis padres me llevaban en el asiento de atrás, me tapaban con una frazada y me colaban. Como las funciones eran de noche yo miraba un poco y después me dormía. Y más de grande veía video, las películas de Fellini por ejemplo las vi en casa. Mi llegada al cine fue un poco indirecta, yo venía desde muy chica escuchando teatro, me gustaba la actuación, y me gustaba la lectura. Cuando estaba terminando el secundario tenía claro que iba a acercarme a una rama artística, pero todavía no me había decidido qué seguir. Fui a visitar lugares y, en una de esas, sin tener tanta claridad me acerqué a la Universidad del Cine de Manuel Antín, me encontré con él y me hizo una recorrida por el lugar. Me acuerdo que me mostró el bar y me dijo: «Acá se trabaja, el cine surge en los bares. Este lugar siempre se llena mucho«. Me quedó grabado, es algo muy tonto y muy chiquito, pero resume un poco el espíritu de las cosas que a mí suelen gustarme. Eso de inventar y materializar, en equipo.

¿O sea que te sedujo el trabajo en sí, el armado?

Sí, yo creo que hay algo de la coordinación, la decisión colectiva de generar una ficción. Fue lo que más me motivó. Y después sí, una vez que entré en el primer año fue muy pasional, pasó a ser mi vida.

En tus películas tus personajes se encuentran por lo general en un punto de inflexión, que parece reorientar sus vidas. O sea que se centran en una temática esencialmente dramática, y la acción se sitúa en medio de esa tormenta interna. ¿Qué es lo que más te interesa de esos momentos?

Qué pregunta difícil… Mi última película también trata uno de estos momentos, porque está centrada en la maternidad. Creo que hay algo de los estados emocionales, esos momentos en donde se pierde el «radar» de usos y costumbres sociales. Normalmente uno se conduce por muchas cosas; una parte de ellas es el deseo y otra gran parte son legados, cosas que uno copia… Pero me parece que en esos momentos de crisis personal, de revolución interna, las personas se ponen muy verdaderas, porque se les ve la hilacha, se les desacomodan algunos mecanismos automáticos, y aparece una verdad. A mí me encanta porque en general es una verdad muy humana y muy profunda, y muy alejada de algo que a mí me resulta cada vez más aburrido que es esto de las pautas, las convenciones.

¿Al perderse el asidero se pierde también la guía establecida de cómo debemos actuar?

Me parece que sí. Esto que se dice de los «discursos vacíos» es absolutamente cierto. Yo me la paso escuchando frases y frases y frases, millones, sobran las frases. Frases hechas, de repente alguien te cuenta que se fue de vacaciones pero no te cuenta qué conoció o qué vivió: «estuvo buenísimo la verdad que tuvimos la oportunidad de tomarnos seis días para nosotros, desconectar… increíble, me encantó haber podido ir, disfruté un montón«, ¡no se dice nada!. Es raro eso, porque sobran las frases y casi que no hay espacios para silencios o para procesos personales. Por eso resulta tan impactante cuando alguien dice: «yo pienso tal cosa» y corta con todo ese ruido.

Y a veces esa persona que dice algo en serio es censurada por el grupo… A veces se le llega a decir «no, pero no estamos como para hablar de esas cosas ahora…»

Sí, es terrible, se ralea el grupo incluso. Cuando aparece alguien que empieza a decir cosas desde un lugar personal real, te ralean del grupo, en general te quedás solo. Yo soy más bien observadora, pero tengo amigos que son muy tira-bombas, dicen en voz alta cosas en una reunión, y es gracioso, porque así no estén diciendo nada que ataque directamente a ninguna persona de ese marco, la gente no tiene ganas de que le estén hablando «de verdad». Puntualmente con Mi amiga del parque, está el tema de la revolución de la filiación, de la maternidad. Creo que es extraño, porque hay una especie de tabú con este asunto. Se exteriorizan publicidades de cremas, la mamá orgullosa y feliz, esa mamá que limpia, que da la papilla; o por el contrario, se permite que salga a la luz ese «Mr. Hyde» de todo eso, que sería la que dice que está harta, que no aguanta más. Pero ese personaje es igual de plano. Todo surgió cuando me tocó a mí mi primera experiencia como mamá, fue algo que me develó una mirada muy distinta, hacia adentro y hacia el mundo también. Hay algo de la vida de una mujer mirando un hijo que tiende a invisibilizarse. No se ve, está vedado. Disimuladamente hay algo que no se integra, se le da una licencia a la mujer y chau. Nadie habla en profundidad de algo que es central en una comunidad y que es cómo se va criando a los que llegan. Y es algo colectivo, el tema debería ser planteado como una red nodal en una sociedad. Hoy por hoy se discute muy fuertemente el aborto, las familias ya no son las de antes, hay parejas gay que adoptan, mujeres que a los cuarenta no encontraron pareja y deciden tener hijos. Se está desarmando un modelo que venía estructurado por otros, pero va quedando en evidencia que hay algo que siempre se deja de lado. Una mujer intentando dormir a su hijo a la noche es una proeza, una gran aventura, pero los parámetros de lo que es una «aventura» en la ficción indican que no lo es.

¿Y qué es lo que se comienza a revelar ahora?

Al replantear, al echar una luz sobre la distribución de roles en la comunidad se descubren asuntos que ponen en muy duro cuestionamiento asuntos de pareja, de sexualidad, de soledad. La gente da por descontado que para una mujer los primeros meses con un bebé es como estar en una nube de felicidad y que no le importa nada. Aunque esté en esa nube, es una época de soledad que significa una cantidad de cambios y temores vinculados a la responsabilidad brutal que es tener a alguien a tu cuidado. Las mujeres quedan solas y se parte de la base de que no están solas: que no debería haber soledad porque están con una criatura (que ni siquiera habla). Muchas de las cosas que se dan por sentadas, o que te dictan en los «manuales» son falsas. Hay sentimientos que uno tiene que no están contemplados, y no tiene que ver con algo que suele simplificarse como positivo o negativo, tiene que ver con lo profundo. Querer tratar este asunto con profundidad genera incomodidad, me pasó mismo con la escritura del guión, hay escenas de mucho humor; situaciones muy absurdas que vive una mujer. Pero hay gente que leyó el guión y pregunta «¿qué le pasa a la mujer? ¿por qué está así?«. Y la verdad es que no le pasa nada del otro mundo… yo creo que hay un estado de revolución, una revolución amorosa si se quiere, y entramos en esta zona de pérdida de radares que hace que una busque referentes cercanos, hasta que llega el momento en que directamente tiene que improvisar.

¿La sociedad patriarcal es la que hizo que se construya un tabú en torno a este tema?

Sí, pero es un patriarcado absolutamente compartido por las mujeres. Reproducen esa dinámica, de hecho hasta se adelantan a ella… Es un tema muy compartido e intenso que he estudiado mucho, lo he charlado con montones de mujeres, y siento que no para de enriquecerse. Siento que tuve un guión en su momento, pero ahora creo que la película le ganó al guión. Como es un período atravesado por tantas cosas a la vez cuando vos ves a una mujer en una plaza cuidando a sus hijos, en ese entorno pasan muchas cosas, uno charla con alguien y mientras estás hablando dice «che, la arena en la boca no, eh«; eso mientras otro le dijo otro cosa a su propio hijo, y otro cambió de tema y se le habla arriba. Algo de eso me interesa mostrar en la película, no es un estado ordenado, es un caos muy vital que intenté reproducir. Había que adaptarse a ese caos y no tratar de maniobrar esos elementos que fueron los que tuve en un comienzo. Capaz queda un quilombo, pero yo prefiero largarme más por el lado del quilombo que tratar de asegurarme «piezas» que no me van a representar.

Junto a Lucrecia Martel vos sos de las directoras argentinas con mejor oído para los diálogos, y curiosamente es un atributo que no parecerían tenerlo tan afinado los directores hombres argentinos. ¿Cómo trabajás vos los diálogos?

Sí, soy una loca de los diálogos. Desde chica me pasa que a veces participo en las conversaciones pero muchas veces también quedo como espectadora. Es algo natural e intuitivo en mí, pero me interesa porque en general las palabras que uno dice cuentan una parte, la puntita del iceberg, pero esconden un montón de otras cosas. A mí me gusta mucho escribir, actuar y dirigir actores. Con los diálogos uno puede decir cosas que te venden, que te dejan en evidencia. Es lindo poder utilizar esos detalles en el cine. Lo que sucede es que muy poca gente logra decir con claridad y con certeza lo que quiere decir, pero además muchos ni siquiera saben qué es eso que quieren decir. Creo que estamos en un momento especialmente gracioso respecto a los diálogos; siento que hay un desfasaje muy grande, una disociación entre lo que la gente siente en lo más profundo y lo que muestra. Está tan fuertemente armado el sistema de consumo, las fachadas que se muestran, ahora llegamos a los selfies. ¡Es el boom de los selfies! De un día para el otro la gente está con eso. No sé a qué responden estas cosas, supongo que es un aburrimiento colectivo, como ganas de estar más juntos. Algo hizo que de golpe todos estemos hablando de algo que no nos importa, ¿Porqué los selfies? Capaz es que son las ganas de hablar de algo en común, y no se nos ocurren temas. No sé si te das cuenta que las generaciones anteriores eran más secas, tenían la palabra más asociada a las cosas prácticas. No lo digo como algo bueno, pero hay personas de unos setenta años, mi padre por ejemplo, que son muy sintéticas. Cuando dice algo es eso que piensa, sin adornos. A algunos les impresiona esta gente tan tajante, les choca.

Claro, utilizan el lenguaje sin ese «ruido» inútil que nombrabas…

Totalmente, dicen lo que necesitan decir.

Eso que nombrabas de que no importan tanto las palabras que se dicen como lo que ocurre por detrás, es bien propio del cine de Eric Rohmer, uno de tus directores favoritos…

Claro, es la idea esa de que vos tenés todo un colchón sonoro que es el soporte de un estado. Un grupo de madres en la escuela están hablando de cómo educan a sus niños, pero de repente vos las ves y te das cuenta de que lo que están haciendo es competir entre ellas. Están compitiendo, están viendo quién es mejor. No importa tanto una línea de diálogo u otra. Ahí cuando vos tenés un trabajo con actores inteligentes (cada vez me resulta más importante el trabajo con actores realmente inteligentes), vos te nutrís de un universo de imágenes, de aportes, de hallazgos, de las propias percepciones de los actores. Entonces vos planteás eso: «Acá va a haber un grupo de madres compitiendo. ¿Qué creés que es competir para este personaje?» De repente el actor te hace un aporte que no se te hubiera ocurrido nunca, y eso es genial.

¿Cuando pensás en una escena también pensás en las relaciones de poder subyacentes?

Sí, todo el tiempo. Pero además me resulta muy divertido la forma en que uno siempre trata de venderse, la manera en la que uno trata de quedar con los otros. Y también esos chispazos de honestidad, donde de repente ves que se refleja el verdadero ser de la persona, que son espectaculares. Esos son los momentos que te llevan a unirte más a la persona, a mí en especial me dan ganas de abalanzarme y pedirles que me cuenten más sobre eso que están hablando.

¿El humor que hay en tus películas ya viene pensado desde el guión?

No, nunca me ocupo mucho, no lo preparo. Es curioso, pero me pasa mucho en teatro: hay públicos que ven algo que yo hago y hay muchísimas risas y hay veces que hago lo mismo y no se ríe nadie. A mí me interesa mucho el humor, pero tengo la sensación de que no es algo que se aplique, depende mucho de la persona y sus propios mecanismos. Supongo que será porque el humor que yo uso es muy del detalle, de la vida misma.

Y será porque la gente muchas veces se ríe porque le pone incómoda cierta situación…

Sí, eso sin dudas. Y yo me identifico mucho con ello porque en parte soy muy tímida, entonces muchas situaciones suelen incomodarme. El humor para mí es como generar una empatía del espectador con una situación. Muchas veces tiene que ver con esto de la tragicomedia, esta mezcla, esta fusión de lo torpe con lo fluido, la angustia con algún destello de alegría. Esto que a todos nos pasa que de repente te sentís espléndido pero te bajonea algo, o al revés, te sentís un perdedor pero de repente alguna novedad te alegra el día. A mí el modelo de antihéroes y antiheroínas me fascina porque me siento muy identificada. El humor en los antihéroes es lo que me gusta.

¿Te gusta el patetismo de lo cotidiano?

No me gusta mucho la palabra patético, creo que es muy dura respecto a lo que yo normalmente quiero mostrar. En todo caso la «rigidez» de lo cotidiano, o la «tontería» en la que uno entra por no pensar. Es verdad que uno a veces es patético, pero la palabra encierra también un juicio, y yo en general amo a mis personajes. De hecho, me enojo bastante cuando me dicen «qué forra esa protagonista«… Porque yo trato de colocarme siempre en un lugar de comprensión.

Diego Faraone (Brecha, 04/07/2014)