“El maestro del dinero” (Guilherme de Alencar Pinto)

Capital y trabajo

Quienes sean de la generación de Jodie Foster (cincuentones tempranos) o mayores, o tengan bien junados los mojones de la historia de Hollywood, reconocerán en esta película algo del espíritu del cine de mediados de los años setenta, más o menos de cuando la actual directora llamaba la atención como actriz en Taxi Driver (1976). Remite sobre todo a dos realizaciones de Sidney Lumet, Tarde de perros (1975) y Poder que mata (Network, 1976). Del primero tenemos el drama humano: joven desesperado por distintas situaciones injustas y que tiene poco a perder comete una acción criminal insensata que involucra rehenes. No es un súper-criminal ni nada, las cosas no le salen muy bien. En el correr de los eventos, todos, incluso las personas amenazadas por él, se percatan de que es un pobre diablo y que no le quiere hacer realmente mal a nadie, y tienden incluso a defenderlo contra el aparato de seguridad desatado por él y del que es muy improbable que pueda escapar. De Network tenemos que esos episodios ocurren frente a las pantallas y aun con su carácter anómalo, las cosas se terminan ajustando para convertirse en espectáculo televisivo.

La situación aquí es que Lee conduce un programa de televisión por cable en que, en forma cómicamente extravagante, da cuenta de las novedades en el mercado de acciones y otras formas de la volátil cibereconomía, y aconseja a sus espectadores sobre en qué conviene invertir. Hace cosa de un mes aconsejó apostar a determinada empresa que, en forma inexplicable, se acaba de hundir, llevando a la bancarrota algunos inversores. Uno de éstos, un joven de clase trabajadora, se las ingenia para burlar la seguridad de la emisora, invade el estudio durante el programa, obliga a Lee a vestir un chaleco explosivo y le exige explicaciones al aire. Vamos siguiendo entonces la evolución del vínculo entre Lee y Kyle (el muchacho) por un lado; lo que hace la gente del canal obligada, frente a las amenazas de Kyle, a seguir trasmitiendo, y capitaneados por la siempre sensata y compenetrada directora Patty; la acción policial para buscar la oportunidad de liquidar al terrorista, pero bloqueada por el chaleco explosivo que puede causar un daño inmenso humano y material; las reacciones esporádicas de espectadores varios; y las investigaciones sobre qué provocó el quiebre de la tal empresa. Todo transcurre más o menos a tiempo real: la acción dura los noventa minutos que dura el metraje.

Con varias presencias carismáticas en pantalla (sobre todo George Clooney, obvio), recursos de producción más que suficientes para lo que demanda la historia, una premisa relativamente original, y muy buenos diálogos, este thriller corre de lo más bien, si concedemos en que cierta medida de inverosimilitud es inherente al cine de entretenimiento. (La inverosimilitud tiene que ver sobre todo con la velocidad a la que se producen los procesos.)

Es común que actores devenidos directores pongan un empeño especial en las características visuales de la película, como si quisieran demostrar que saben manejarse por fuera de su especialidad original (que asociamos a los aspectos más “teatrales” del cine). En este caso, la situación de la anécdota da pie a un tratamiento visual virtuosístico, y la verdad que la Foster realmente brilla con unos encuadres complejos y un montaje ídem, que incluye el escenario televisivo que a su vez está lleno de pantallas, la cabina de la directora y del editor, que a su vez incluyen varios monitores que a su vez incluyen la imagen del estudio tal como está saliendo al aire (con sus múltiples pantallas incluidas), más los puntos de vista de las miras telescópicas de la policía, o del visor de la cámara de televisión, todo eso mostrado en una variedad de ángulos, criterios de foco y tipos de iluminación. En toda esa maraña potencialmente aturdidora Jodie Foster, fiel a su espíritu setentista, logra mantener una cuidadosa claridad y coordinar con brillo todas las ocurrencias alternadas, además de un ritmo dinámico pero suficiente para involucrar al espectador con los personajes.

Hay diferencias considerables con Tarde de perros. Allí, cosa característica de la época, lo que estaba mal era el “sistema”, es decir, casi todo. Aquí hay algunos comentarios amplios contra el sistema financiero. El más contundente de ellos viene cuando Lee tiene la ocurrencia de pedirles a los espectadores que hagan un pequeño acto de solidaridad que puede llegar a salvarlo, y aunque lo que pide es una ganga que incluso puede llegar a resultar beneficiosa para quienes le sigan el viaje, constata que su propia vida amenazada no parece valer unos pocos dólares para cantidad suficiente de gente entre los cientos de miles o incluso millones que asisten asiduamente a su programa. (La música heroica que suena mientras Lee hace su clamor por solidaridad suena totalmente en serio, pero dado el desenlace decepcionante, termina siendo un buen elemento de sátira.) Como le comenta Kyle, la indiferencia y mezquindad general son parte del modo de pensar y operar alentado por Lee todas las noches con su programa.

Hay algún apunte también sobre la dureza de vivir en la penuria económica, y se da en un momento que “rima” con la escena descrita arriba. Lee intenta convencer a Kyle de que, pese a la enorme diferencia económica entre ellos, la vida de su captor está rellenada con amor, afecto, esperanzas y otros placeres simples pero más profundos. Todo eso nos viene abajo en forma casi violenta cuando constatamos, en pleno momento “emotivo”, que la carencia económica puede llegar a ser un escollo para todo eso y que muy pocas veces tiene la poesía que algunos pueden idealizar, y menos aun en una sociedad direccionada al “éxito”. Hacia el final, hay un plano godardianamente político cuando Lenny posa su cámara frente a “nosotros”, dominando la pantalla y señalándonos, interpelándonos. Es un momento de resolución del drama que acabamos de ver, pero una invitación a seguir por nuestra propia cuenta.

Esos vislumbres políticos hacia las maldades del capital y el sufrimiento del proletariado, sin embargo, sin llegar a anularse, pierden peso en lo global de la película. Por un lado, porque Kyle resulta ser una persona particularmente torpe, y entonces claro, si hace todo mal no sorprende tanto que sufra consecuencias negativas. No se llega a presentar una generalización de características “del sistema” que expliquen por sí solas su desgracia. Y con respecto al capital, la película termina cargando la mayor parte de su batería contra un villano bien particularizado: es el cabeza de la empresa que se derrumbó, que pronto veremos que cometió acciones fraudulentas. La película muestra que él es desconsiderado aun con quienes se consideran amigos, y además engaña a la mujer con una bellísima ejecutiva de su empresa (una forma moralista de acentuar su villanía).

Lo que sí queda claro es que la película opone, bien de acuerdo con la moral protestante tradicional, el valor positivo del trabajo dedicado y medible en esfuerzo visible, a la desconfianza hacia la más abstracta acumulación de capital financiero-especulativo. Ese valor del trabajo es aparente en el modo en que se presenta a la Policía, pero sobre todas las cosas en lo referido a la propia producción televisiva. Empezando por Lee, quien, pese a su posición dudosa en cuanto persuade a la gente a invertir en acciones, en cuanto hombre de televisión es un típico profesional modélico a la Hollywood: tiene un conocimiento cabal de su campo de conocimiento (y con una memoria, capacidad de retención y velocidad de pensamiento asombrosos), antes de que el programa empieza está lidiando como con diez cosas a la vez, y en todas ellas opera con concentración y una autoridad mediada por un considerable despliegue de gentileza y humor en la relación con sus subordinados. Su talento como conductor televisivo lo va a ayudar a equilibrar la situación de poder con Kyle, posibilitando un acercamiento cada vez más grande, luego de la posición de enfrentamiento del inicio. Pero además, cada uno de quienes lo circundan en el canal, cada cual en su posición, tienen una excepcional competencia (Patty, por ejemplo, además de cumplir como directora, consejera personal de Lee, líder firme pero responsable y afectiva del equipo, todavía tiene un papel importante como investigadora, llevando a la revelación progresiva del fraude del empresario). Pese a que todo el canal puede volar por los aires a cualquier momento, y a los eventuales disparos de pistola, todos los miembros del equipo siguen al firme porque el show debe continuar, filmando, editando, captando el sonido.

El que justo la televisión sea el vehículo para el enaltecimiento del trabajo en la película, termina dando un resultado bien distinto del inconformismo de Tarde de perros y aun más de Network (donde la televisión se veía como un sistema de poder manipulador, indiferente o incluso cruel y asesino). (En la película, la televisión son sus trabajadores: nunca vemos a los altos ejecutivos del canal, no se hace referencia a ellos). Como que esta película demuestra mucha fe en la sociedad en que están sus personajes, y con más razón condena a los pocos megaempresarios aislados que distorsionan la coexistencia armoniosa con sus procedimientos incorrectos, ocasionando injustos problemas puntuales como el de este buen muchacho Kyle que terminó perdiendo la cabeza.

El maestro del dinero” (Money Monster), dirigida por Jodie Foster. Con George Clooney, Jack O’Connell, Julia Roberts. Estados Unidos, 2016.

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Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 07/06/2016)