Pablo Echarri (Fernán Cisnero)

Echarri

“Cada vez me divierte más actuar”

El actor habla de su primera película como productor, Al final del túnel.

Es un thriller de suspenso, un género que el propio Pablo Echarri confiesa que le encanta, y que le servía para debutar como productor cinematográfico, a este actor argentino de larga carrera que fue consolidándose a partir de sus comienzos como galancito. Al final del túnel, la película que se estrenó el jueves en Montevideo, es la historia de Joaquín (Leonardo Sbaraglia), quien quedó parapléjico en un accidente en el que muere su familia. Un día se da cuenta que una banda de ladrones están construyendo un túnel debajo de su casa y toma una tremenda decisión: hacerse con el botín antes que los ladrones (cuyo jefe es el personaje de Echarri). Se entabla así una batalla que lo enfrenta a los villanos y a su propia discapacidad. La dirige Rodrigo Grande, un rosarino con el que Echarri actuó en Cuestión de principios.

Pero a pesar de ser el productor, Echarri le cedió el papel principal a Sbaraglia. “Mi idea era producirla y tener la mejor película posible, así que le dije a los productores y al director que si encontrábamos un protagonista mejor yo quería que eligiéramos al mejor”, les dice Echarri en un mediodía tormentoso. “Quería que la película tuviese un destino más grande y el protagonista influye mucho al llegar al público. Ahí miramos y dijimos que nuestro protagonista soñado sería Leonardo. Todos conocíamos su calidad metódica de trabajo y su talento. Nos iba a dar un nivel de intepretación y a la vez un despliegue físico importante”.

Echarri —quien en persona es profesionalmente simpático y se despide con un “muchas gracias, viejito” bien porteño— habló además con El País sobre la posibilidad de dedicarse a la dirección y qué le aportó como persona el haberse mostrado explícitamente kirchnerista. “Me hizo adulto”, asegura. Este es un resumen de esa charla.

Aunque algunos pueden asociarlo a la televisión y más teniendo en cuenta su actual presencia en La leona, usted tiene una carrera en el cine con buenos directores y buenas películas. ¿Cómo elige un proyecto?

Hubo de todo. Hace veintipico de años que estoy en esto y hay buenas películas y otras que no lo son tanto. En un país como Argentina, un actor como yo —hay otros que han tenido otra experiencia— hace lo que puede. Cine, teatro, televisión y tratar de transcurrir en esos ámbitos de la forma más aceitada posible.

Pero trabajó con Marcelo Piñeiro, Adrián Caetano…

Tuve la suerte de que algunos grandes directores se fijaran en mí para algún personaje de sus películas y cuando fui convocado ni lo dudé. Incluso antes de leer los guiones porque sabía qué iba a representar para mí.

Esos son los casos fáciles. ¿Y en los demás?

Y en los demás tiene que ver con el oficio del actor, con que uno actúa y vive de esto y no siempre aparece la gran película o el gran director y que uno también se sube porque, por ejemplo, hay un gran personaje. Igual nunca elegí algo que no me representara, que no sintiera que lo pudiera hacer y otorgar algo a la película. No soy partidario de elegir materiales cuando están tan lejos de mí. No he tenido que construir personajes para los que haya tenido que investigar o hacer una gran transformación. En teatro capaz que sí, pero en cine o televisión me he puesto al servicio del valor que le podía otorgar yo al productor y no meterme en un personaje que me quede lejos y que a la gente le cueste comprar el personaje.

Con el tiempo, igual, le deben llegar mejores proyectos…

Sí, guiones más acabados, mejores ideas. Cuando un director y un guionista tienen tiempo para escribir un guión tiene posibilidades de que llegue una buena historia y de ahí construir una buena película.

Eso también tiene que ver con que en el cine argentino de hoy hay mejores guionistas, mejores técnicos, directores…

Sí.Hay un volumen de producción un poco más grande, aunque allí entra de todo. Hubo, y espero que sigan, políticas de fomento fuertes. Se han filmado muchísimas películas de directores consagrados o recién comenzando la carrera.

Pero los actores tienen mejores películas para elegir.

Quizás gente como Ricardo (Darín), Leonardo (Sbaraglia) o Guillermo Francella, tienen posibilidades de hacerse de guiones y directores más consagrados. Pero hay otros actores que vamos al vaivén: a veces trabajamos en una muy buena película, a veces en otra no tanto. Y después está divertirse, hacer algo que cuando uno lo vea no se avergüence, por lo menos.

¿Siente eso a veces?

Yo cada vez me divierto más en el trayecto, en el presente. Me divierte actuar y trabajar de esto, pero no tanto verlo. Voy perdiendo la ilusión con respecto al material terminado. Puedo ver qué está bien o está mal, pero ya no me jacto de lo que veo, hay algo de ombliguismo que ya no me resulta.

¿Qué tuvo que ver con ese proceso el volverse también productor?

Cuando se gestiona o se es el impulsor desde el minuto cero vas perdiendo un poco la ilusión. Ves tanto el material que cuando lo ves terminado, no te pasa lo mismo que verlo por primera vez. Al final del túnel, la vi cantidad de veces pero cuando la vi terminada, no me impactó como le pasa al espectador.

Es su segunda película con el director Rodrigo Grande. ¿Qué encontró en él?

Lo conocí cuando trabajé con él en su segunda película, Cuestión de principios con Federico Luppi y Norma Aleandro sobre Roberto Fontanarrosa, pero ya me había gustado su ópera prima, Rosarigasinos. En él descubrí un autor, un guionista excelente y un gran director. Le comenté mi deseo de producir, y cuando se fue a Buenos Aires llegó con muy buen material y, entre ellos, Al final del túnel. Me impactó, entre otras cosas, el conocimiento de un género que a mí me gusta mucho, el thriller de suspenso. Y ahí me di cuenta que era la primera película que tenía que producir.

¿Y cómo le fue?

Creíamos que era una película chica, lo que de arranque te muestra la inexperiencia que tenía. Cuando hicimos el primer presupuesto nos dimos cuenta de que era mucho más cara: había decorados, túneles que en un momento había que inundar. Ahí abrí el juego y salí a buscar coproductores en Argentina y España. Y eso hizo crecer la película y a vislumbrar hacer una de las grandes del cine argentino.

Y ahora le falta dirigir.

Va a ser una escala obligada en el futuro. Tendrá que caer de maduro y con una historia que sienta que puedo contar y valerme de todo lo aprendido para zambullirme y contarla. Me falta mucho, igual, como productor: necesito saber mucho del negocio y la cuestión técnica.

Productor que está en pleno desarrollo

Por primera vez Echarri se prueba como productor en cine, pero en ese rol ya viene incursionando en televisión en los últimos años. En 2010 fundó junto con su colega Martín Seefeld y con Ronnie Amendolara la productora El Árbol, que debutó en 2011 con la telenovela El elegido, de la que Echarri además era el protagonista. Fue un éxito absoluto: ganó seis premios Martín Fierro, incluyendo el codiciado a Mejor Telenovela además de a Mejor Actor, Mejor Actriz (Paola Krum), Mejor Actriz y Actor de Reparto (Leticia Brédice y Lito Cruz, respectivamente) y Revelación (Paula Kohan).

Hasta ahora, El Árbol ha producido la telenovela Mi amor, mi amor; el programa cultural El mundo nos mira, conducido por Seefeld; y La Leona, que está en la pantalla de Monte Carlo.

“Expresar mis ideas me hizo hombre”

Hay dos cosas que quizás marquen su vínculo con el público. Una es que empezó como galán de televisión y otra es su explícito apoyo al kirchnerismo. ¿Cuál cree que lo marcó más en su carrera?

Fue diferente. El galancito irrumpió y no expresaba mi idea política porque ni siquiera la tenía: a muchos argentinos el despertar político nos vino con la llegada de Néstor Kirchner. Ese galancito estaba, era, y le gustaba a mucha gente, caía muy simpático. Pero después cuando expresé mis ideas políticas hubo mucha gente a la que ya no le gustaba tanto. Las dos cosas fueron fuertes y definitivas: el galancito fue el que me metió en el negocio y la otra fue la que me hizo adulto. Y hombre. Porque expresar mi idea política, cristalizarla, bancármela y no morir en el intento me ha transformado en un hombre. Hay muchos que no lo hacen por miedo y es un error. Hoy, para mí es mucho más importante expresar mi idea política y expresar qué clase de país quiero que hacer una novela o una película. Puse las cosas en un orden de prioridades muy diferente, y una es mostrarle a mis hijos que cuando se está convencido de lo que se quiere hay que luchar por eso. Y no tener miedo. Esa enseñanza es la más importante de todas. Si yo me hubiera quedado en mostrarle a mis hijos como era quedarme como un galán, no estaría bueno. Y hoy mis hijos ven tanto en la madre como en mí, a alguien que pelea por sus convicciones, y ellos lo hacen y eso nos pone terriblemente orgullosos.

Fernán Cisnero (El País, 23/04/2016)