«Mustang: Belleza salvaje» (Guilherme de Alencar Pinto)

Certificados de pureza

Es una película feminista tratada en forma pedagógica. Para muchos éstas serán sospechosas palabras: el feminismo viene sufriendo golpes a su reputación debidos a los traspiés de los representantes más radicales de la postura políticamente correcta, y la idea de un arte pedagógico o de tesis quedó desprestigiada ante la intuición establecida de que una película sólo vale cuando emana espontánea e inocentemente de los impulsos irracionales del realizador, y que cualquier intento expreso de comunicar ideas preexistentes anula el estatus de arte e implica una postura paternalista, cuando no hipócrita (esa manera de pensar el arte pedagógico es sumamente funcional al predominio de un arte acrítico y al status quo).

Pero no, no estoy hablando mal de la película: el feminismo es algo bueno y mucho más amplio que las actitudes de un puñado de gente malsana, está bueno que la pedagogía exista, y hay películas pedagógicas ampliamente reconocidas como obras maestras. Ésta es entretenida, emotiva, muy bien realizada.

Es también un ejemplar de world cinema (auspiciado, incluso por Aide aux Cinémas du Monde —el fondo francés de apoyo a esa especie de género cinematográfico—). Eso quiere decir, descrito en la forma más prosaica, un cine en que uno de los focos de interés es una especie de turismo virtual, en el que uno aprecia y “vivencia” en forma prestada elementos del cotidiano de un pueblo muy distinto al nuestro.

Aquí se cuenta la historia de cinco hermanas adolescentes de un pueblo turco chiquito en la costa del Mar Negro. Un juego inocente que practican a la salida del liceo es malinterpretado como una actitud indecente por una de las viejas del pueblo, que se lo advierte a la abuela de las chiquilinas (que las cría, junto a un tío, ya que los padres se murieron años ha en un accidente). Ello desata en la abuela y en el tío medidas cada vez más represivas: las muchachas tienen que hacerse certificados de virginidad con el ginecólogo, son retiradas del liceo, las medidas para que no se escapen de la casa terminan convirtiéndola en una prisión. Ellas están destinadas a casarse, y los casamientos son por lo normal arreglados por los responsables, y dado que se presiente que sus virginidades corren peligro, deciden apurar los matrimonios. Mientras tanto, como dice la voz subnarradora, la casa se convierte en una “fábrica de esposas”, con las señoras aldeanas convocadas para enseñarles normas de conducta, cocina y otros quehaceres domésticos.

La parte de world cinema consiste en la descripción de esa sociedad conservadora, de las costumbres enseñadas a las niñas, de los rituales de propuesta de casamiento y de bodas, de las maneras de vestir, de los paisajes, de los vínculos entre los familiares (por ejemplo, la manera como aun el autoritario tío Erol, un hombre quizá cuarentón o cincuentón, recibe órdenes de su madre anciana, que sin embargo no se mete con él cuando se trata de “cuestiones de varón”).

La parte feminista tiene como centro nuestra empatía con esas cinco muchachas muy distintas entre ellas pero cada una encantadora a su manera. Ellas van siendo ofrecidas en casamiento en orden de edad, y la narrativa está estructurada en buena medida en función de ello: cada una de las hermanas se pone en foco en un momento de la película, empezando por las mayores. En la medida en que se van casando, desaparecen de escena y la siguiente hermana pasa al frente, hasta que quedan las dos más chiquitas. Esa estructura se aprovecha para la pedagogía (a la manera de la fábula de los tres chanchitos, cada uno con una casa más sólida): las dos primeras hermanas representan dos posibilidades dentro de la pasividad: a una le tocó la suerte de casarse con el muchacho al que ama, a la otra no, pero con un ostensivo peso en el alma lo acepta (porque asume que no hay otra que hacerlo). Le sigue un caso de rebeldía autodestructiva. Y finalmente el siguiente caso es el de la emancipación. Es sabio entonces el recurso de subnarrar la película con la voz de Lale, la más chiquita, que es la única que atestigua todo el proceso, además de simbolizar, siendo todavía niña, el futuro. Además la gurisita que la actúa, Güneş Şensoy, es increíblemente expresiva, los planos en que aparece sonriendo son una luz.

La forma en que están filmadas es, por ella misma, una bofetada en el conservadurismo: aprovechando el encierro, andan por ahí en trajes menores, ostentan sus cabelleras, bailan, se toquetean con ternura, transbordan de sensualidad. Es una corporeidad que no necesariamente se direcciona hacia el sexo, sino que está en todo, como una energía libidinosa alrededor de ellas, que se manifiesta también en la energía con que hinchan en un partido de fútbol, o que bailan, o cuentan chistes. La filmación parece compartir con ellas ese deseo (el deseo de ellas, el deseo por ellas). En ese sentido, el título Mustang parece asumir algo cercano a la metáfora usual para una mujer sensual y fogosa: “una yegua”. Ese acercamiento a su energía vital, a sus sueños románticos y eróticos, hace aun más palpable y frustrante el confinamiento, el aburrimiento y la represión, la forma en que el gozoso concepto moderno de juventud se golpea contra las convenciones que otrora pudieron justificarse como garantía de una sociedad ordenada y funcional —pero una sociedad que no había ofrecido todavía las tentaciones hedonistas de la modernidad, ni sus soluciones tecnológicas—. De ahí que la sociedad mucho más liberal de Estambul sea el sueño de todas ellas, pese al paisaje natural maravilloso del pueblo en que viven.

El encierro genera también un subtexto sutil del arquetipo de la princesa en la torre (o su variante, Julieta en el balcón). Sólo que en este caso está tomado casi exclusivamente desde el punto de vista de ellas: vemos desde la ventana del piso de arriba a los jóvenes que la cortejan, o el paisaje amplio e imponente (bosque, montaña, mar —símbolos de libertad y fertilidad—). Son ellas las que, mientras pueden, descienden agarradas de un caño o de las trepaderas para encontrarse con sus Romeos. Y es muy ingeniosa la manera como, cerca del final, las chiquilinas logran usar la represión y el conservadurismo a su favor, y la prisión se convierte en un fortín. Es parte también de ese juego la figura del padrastro malo, represor y posesivo.

Los celos inherentes al padrastro aquí dan un paso más, porque además de la represión conservadora y edipiana, el tío Erol abusa sexualmente de sus sobrinas. Aquí hay otra posición tomada claramente en la película: aunque se expone el conservadurismo considerable de las mujeres mayores del pueblito, pronto queda claro que las actitudes represivas de esas mujeres se destinan a contener los castigos más severos y más peligrosos de los varones. Los maridos pueden anular el casamiento si constatan, luego de la noche de nupcias, que la novia no era virgen —y no casarse es todo un problema social y práctico—. La abuela le da una paliza a cada una de las cinco nietas luego del episodio inicial del juego liceal, pero pronto comprendemos que era justamente para contener la ira de Erol. Nos preguntamos si la prisa en casarlas no se deberá también al propósito de apartarlas de ese tío abusador. En los pocos momentos en los que la narrativa no está restringida a las muchachas, acompaña a las veteranas: nunca empatizamos con los varones.

Esta película viene siendo un éxito internacional, lo cual es muy comprensible. Es una muy buena realización de estilo indie, con la cámara en mano haciendo un seguimiento a veces complejo de los personajes. Sin nunca llegar al sensacionalismo, la escena clímax tiene un suspenso considerable. Hay varios momentos mágicos bañados en la música estática y sutil de Warren Ellis (a veces en coautoría con Nick Cave).

Ganó varios premios internacionales importantes, y está entre las cinco nominadas a “mejor película en idioma extranjero” para el Oscar. Con respecto a esto, es llamativo, sin embargo, que fue propuesta por Francia. La candidata por Turquía, que no entró entre las nominaciones, fue Sivas, de Kaan Müjdeci, sobre el vínculo de un niño con un perro de pelea. Mustang: Belleza salvaje no tuvo en Turquía una recepción crítica tan favorable como en el resto del mundo. Muchos turcos opinan que el retrato de las muchachas es inverosímil (que se parecen más bien a muchachas emancipadas de ciudad grande, y no a muchachas criadas en el entorno que se describe), que se atribuye a ese pueblito del Mar Negro costumbres que son en realidad de otras regiones o que incluso ya cayeron en desuso. Esos defectos se deberían a que la directora Deniz Gamze Ergüven, pese a haber nacido en Turquía (en la capital, Ankara, ni siquiera en el Interior), se mudó cuando niña a Francia y fue educada allí. Escribió el guión en coautoría con la cineasta francesa Alice Winocour. Esos opinantes estiman que la actitud de la directora fue “orientalista”, es decir, una descripción exotista y no totalmente bien informada, desde una perspectiva europea y para un público mayormente europeo o europeizado, quizá empeñada en volcar medio a prepotencia la notoria influencia de Vírgenes suicidas (1999), de Sofia Coppola (de ahí la estética indie/cool).

Es difícil posicionarse desde lejos frente a ese tipo de opiniones, máxime que también hay opiniones divergentes que dicen que el retrato no es tan impreciso. Además la propia situación de las personajes dista de ser típica: son cinco huérfanas mujeres educadas por parientes y en tiempos muy recientes; es natural que esa especificidad muy minoritaria genere diferencias con las adolescentes promedio de su ámbito social. Desde acá podemos pensar: ¿los uruguayos serán tan silenciosos y abúlicos como los personajes de las películas de Control Z? Y sin embargo, ¿no se trasmite en ellas un componente de algo reconocible que está en el aire? ¿Estarán todos de acuerdo con ello? ¿Una película narrativa podrá pintar efectivamente a “los uruguayos” (o a “los turcos del Interior”) así, en general?

Lo que se puede decir es lo del inicio: la película es sumamente bien realizada, entretenida, fresca, emotiva, se planta frente al conservadurismo y contra la represión de las mujeres por los hombres, y tiene ese encanto exótico (superficial, pero encanto al fin) característico del world cinema, que en definitiva es de las pocas vías disponibles para tener algunos atisbos de un mundo más diversificado que lo que insinúa la mayoría de la cartelera.

«Mustang: Belleza salvaje» (Mustang). Dirigida por Deniz Gamze Ergüven. Con Güneş Şensoy, Doğa Doğuşlu, İlayda Akdoğan. Turquía/Francia/Alemania, 2015.

Alfabeta

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 25/01/2016)