René Arturo Despouey Genio y figura (Ángeles Blanco)

Por Ángeles Blanco (*)

René Arturo Despouey Casamayou nació en Montevideo el 29 de setiembre de 1909. Fue conferencista, crítico, periodista, escritor, dramaturgo y actor; un talento inusual que supo adquirir diversas formas. Desde Cine Radio Actualidad, su firma estampó las brillantes notas que lo consagrarían como padre de la crítica cinematográfica nacional. Orador excepcional, de desbordante cultura y atuendo extravagante, su pluma y su conducta desafiaron los recatados códigos de los años treinta. “Si la película no me transmite una idea u emoción, no me importa”, solía decir. Emoción para crear, y emoción para vivir; una imperiosa necesidad expresiva que envolvió sus textos, su imagen, y hasta las cartas que desde el extranjero, enviaba a sus amigos.

Su vida fue una auténtica novela. Todo comienza en la casa del comerciante Juan Arturo Despouey y su esposa, María de las Mercedes Casamayou, ubicada en la calle Orillas del Plata N° 857. Fue el segundo de tres hijos, y un niño talentoso, capaz de leer a Homero con tan sólo seis años. Esta verdadera pasión literaria marcó su vida y su obra, aún bajo los rigores de la actividad periodística. Un sinnúmero de referencias y de citas literarias pueden poblar uno sólo de sus artículos: “Se ha repetido así, con una obra de esta época —con un espectáculo, una serie de imágenes que ha de suponerse de alcance fugaz en el recuerdo— el fenómeno producido con ‘Don Quijote’, espejo de la vida, libro eterno, capaz de todas las interpretaciones y de todas las iluminaciones.” (“Para un análisis de Tiempos Modernos”, Cine Actualidad, Montevideo, 29 de mayo de 1936). Dueño de un excelente dominio del inglés y del francés, se vio a sí mismo como un “europeo trasplantado”, noción que en la primavera de 1942 motivaría su autoexilio en el viejo continente. Antes de ello, en su capítulo montevideano, tuvo Despouey bailes de carnaval en el Teatro Solís,  visitas familiares a Buenos Aires, charlas infinitas en el Tupí Nambá, y un fuerte vínculo con el Instituto Cultural Anglo Uruguayo. Su vida social y cultural fue intensa, un gran escenario a escala real. Por allí paseó su figura de dandy irreverente, cita obligada en estrenos, tertulias y conciertos.

En 1927, un Despouey aún adolescente publica su primera novela, Santuario de extravagancias. Esbozo de crítica social, la obra descubre esa relación un tanto áspera del autor con su sociedad: “…las risas con que mucha gentuza de todas las clases sociales de Montevideo habían saludado su entrada en la adolescencia, su timidez, su tartamudez, y luego sus flores en el ojal, su bombín requintado, la insolencia de su testa siempre echada para atrás”, escribiría en su Quijote 44, novela autobiográfica, inédita, que confirma esa rispidez entre Despouey y un entorno en el que ciertamente no sintió cabida, pero en el que, curiosamente, supo acumular fervientes admiradores. La paradoja del rechazo y del elogio sufrida en su tierra, entonces, aviva el recuerdo de otro transgresor, Oscar Wilde. Ingenio en la charla y excentricidad de conducta fueron constantes en la vida de ambos. Poco después, en 1930, Despouey vuelve a publicar una novela: Episodio (Film literario). El cine desde la literatura, o la literatura desde el cine, Episodio es un anticipo de la reflexión que Despouey realizaría sobre el séptimo arte con una seriedad y un profesionalismo sin precedentes. Fue en El Nacional precisamente, donde comienzan los primeros pasos en esa reflexión.

Cine Radio Actualidad

Por los años treinta, el cine continúa siendo un espectáculo de masas. Sólo unos pocos, entre ellos Despouey, se atreven a entenderlo como arte. Es así como en 1936, con la fundación de Cine Actualidad, se abre un capítulo nuevo en su carrera, y en el ambiente cultural nacional. Pocas semanas después, la revista pasaría a llamarse Cine Radio Actualidad, nombre extraído de un programa radial dirigido por Emilio Dominoni, donde en cierta ocasión, Despouey hacía gala de su prodigiosa memoria recitando el Romancero Gitano de García Lorca. Tanto Despouey como Dominoni coinciden entonces en la necesidad de una revista especializada en cine, que se concreta en Cine Actualidad. Lo que sigue a ese encuentro, ya es historia.

Por ese entonces, Despouey también se ganaba la vida como encargado de biblioteca en ANCAP. Sus zapateos y las representaciones de personajes realizadas para sus compañeros, eran motivo de alboroto colectivo. En toda circunstancia planeaba el humor agudo, de puntas irónicas, presente en sus artículos y hasta en las risotadas que desde alguna platea montevideana, supieron incomodar a la concurrencia. Acompañando el desenfado, la imperiosa vocación de actor: en las reuniones, en el cine, en el trabajo… puro histrionismo a flor de piel. La fascinación por Don Quijote, cita obligada en sus artículos y conferencias, fue algo más que una referencia. Él mismo, en ocasiones, se compararía con el célebre hidalgo manchego: “¡El cine! Para aquel Quijote montevideano la ‘fábrica de sueños’ había sido lo mismo que los libros de caballerías para Don Alonso Quijano el bueno: materia que enciende el cerebelo y proyecta fuertemente al hombre fuera de su realidad municipal.” (“Larga noche de Londres”, Quijote 44).

Conviviendo con el escritor, el orador por naturaleza. Si bien en la charla Despouey solía tartamudear, sus conferencias sobre cine fueron ejemplo de elocuencia y retórica perfectas. Curiosa paradoja. Así lo recuerda Alsina Thevenet, amigo y discípulo de Despouey: “Hablando contigo, tartamudeaba, pero cuando daba una conferencia hababa perfectamente. Además, sacaba la conferencia de memoria. Era un tipo prodigioso. La dimensión que transmitía, reviviendo un texto, es una de las cosas que me han deslumbrado en la vida”.

Para muchos, es en las críticas de cine y teatro donde el talento de Despouey brilló con mayor fuerza. Toda una generación de críticos le toma como modelo, y lo consagra como su maestro: “… fue un maestro (…) con el ejemplo notorio de sus conocimientos, con el volumen de sus textos, con la inverosímil fluidez de su estilo, con la honestidad y hasta la intransigencia de sus juicios sobre cine y teatro, que podían ser personalísimos, como lo eran su vestimenta y su manera de hablar” (Alsina Thevenet).

Explicar la crítica de Despouey, implica detenerse en ciertos rasgos característicos. El primero de ellos, una extraordinaria cultura. “Era un hombre muy culto. (…) Como no tenía muchos recursos, caminaba desde la Unión hasta el SODRE, con su chaleco de seda… notable personaje, se privaba de otras cosas, para poder participar en una vida cultural de la cual él mismo formaba parte”, recuerda su amigo Mario Trajtenberg. El segundo, la sólida fundamentación de ideas y comentarios: “…un día yo estaba en la revista, y entra él con un libraco bajo el brazo sobre la vida de Rembrandt, ¿por qué tenía que leer la vida de Rembrandt? Porque quería ver la película de Rembrandt, de estreno inminente. Y fue desde ese momento que pensé, caramba, no alcanza con ver cine, hay que documentarse” (Alsina Thevenet).

Claro que sin ingenio y sensibilidad, la fórmula no hubiese surtido efecto: “Él tenía una virtud de sensibilidad; sabía dónde estaba el centro de la emoción (…) Yo creo recordar que el  mismo día en Cine Radio, podía criticar Muelle de las Brumas, y al mismo tiempo, Blancanieves y los Siete Enanitos, y en cada caso escribir lo que correspondía. Además, tenía ingenio,  mucho ingenio” (Alsina Thevenet). En 1940 Despouey deja Cine Radio Actualidad. Pero ya en 1939, goza de una connotada reputación como crítico y conferencista. No es raro que Marcha, poco antes de su partida, captara ese talento.

El último dandy

Alto, apuesto, de rostro anguloso y bigotito, su presencia en estrenos y conciertos impactaba con los detalles de un cuidado atuendo: polainas y guantes claros, chaleco blanco solapado, bastón, saco ribeteado muy entallado, sobretodo con cuello de piel o de terciopelo, y galera. Por sobre todas las cosas, Despouey fue un espíritu crítico que supo desnudar, a través de sus escritos o vestimenta, la inmadurez de una sociedad atada a las apariencias. Modos tan personales en el actuar y en el vestir, levantaron comentarios sobre una posible homosexualidad. En su Quijote 44, sin embargo, Despouey recordaría con nostalgia las románticas aventuras que lo vincularan a varias mujeres en el Río de la Plata. Fiel a su propia interpretación del amor, escribiría: …“El crítico agazapado dentro de él le decía que ser feliz en el amor le costaba a cualquiera el rendir su yo, vale decir, vivir en perpetua angustia: la máxima de las contradicciones de la vida…” (“Larga noche de Londres”, Quijote 44). El gran complemento llegó con Luz Escalona, su inseparable compañera, una andaluza de carácter abierto y vivaz, con quien se casó en Europa.

El adiós a Montevideo

 …“Sí… Una copa para despedirnos… Al fin me voy de Montevideo ¡Al fin…! A Europa, a Londres”… (citado por Ángel Curotto en el suplemento dominical de El Día, 26 de febrero de 1984). Así se despedía Despouey de su grupo de amigos una tarde de 1942, en la Confitería Americana.  El adiós a una ciudad pequeña, al encierro de ANCAP —“que tantas horas robó a mi talento”— y a una sociedad con la cual, en definitiva, nunca armonizó. Resulta interesante observar que, mientras los europeos seguían buscando la tranquilidad de nuestro suelo, Despouey se empeñara en probar suerte en el Viejo Mundo. Nueva  paradoja, y la convicción de un destino a la medida de su talento.

“Cuando anunció que se iba, le hicimos una despedida. El viaje era muy curioso, en un barco de guerra, camuflado, sin fecha firme de partida. Tenía que tener la valija pronta, y cuando le avisaran por teléfono, se iba al puerto. Estábamos en guerra, y el espionaje alemán existía. En esos términos, tenía que salir, y en esos términos, Despouey me dijo: ‘me voy hoy de tarde a las siete’. Fuimos con Hugo Alfaro, Hugo Rocha, yo, y alguno más.‘Mi último abrazo, y buen viaje a Londres’, le dije, y se fue en un barco que no tenía ni nombre”. (Alsina Thevenet). De ese viaje, no habría regreso, excepto en breves ocasiones durante enero del 1954, y en alguna fecha imprecisa entre las décadas del cincuenta y sesenta.

A través del Concejo Británico, Despouey viaja a Londres con una beca para realizar estudios de lengua inglesa. A pesar de las restricciones impuestas por la guerra, sabe disfrutar de aquella ciudad tantas veces recorrida desde los libros o el cine. Una serie de contactos personales es la llave para ser admitido en la BBC de Londres. Es así como dirige e interpreta una recordada versión radial de Don Quijote, la cual le valiera el prestigio internacional, y que años más tarde significaría su incorporación a la UNESCO, dirigiendo la  versión española de El Correo. Concluida la guerra, un acontecimiento sería determinante en su vida y en su trabajo.

En una de sus visitas a Montevideo durante la década del cincuenta, Despouey es consultado por Marcha sobre cine. Al respecto, recuerda Trajtenberg: “… no me quiso decir cuál era su película preferida; él ya no quería hablar de cine. Me dijo que desde que había entrado en los campos de concentración nazis, en el año ’45 —él participó, como funcionario de las Naciones Unidas, de una avanzada que abrió los campos de concentración alemanes— no quería hablar más de ese tema”. “Quedé inutilizado —o una expresión así— para hacer crítica cinematográfica”.  Los mismos ojos que vieron el horror absoluto, ya no podrían volver a ver la Belleza. Poco a poco, el idilio iba llegando a su fin: …“No le costó mucho olvidar The Palm Beach Story, la película de la noche anterior. Más cine era todo lo que él estaba viviendo. Ahora sabía él lo que Hollywood no quería saber, y en 1942 menos que nunca: que en el mundo empezaba a reventar una visión nueva de la vida” (“Larga noche de Londres”, Quijote 44).

En Montevideo, la magia de la pantalla fue un refugio. En Europa ya estaba en ese mundo; el cine era la vida real. A partir de entonces, concentrar toda la energía en el teatro fue su gran empresa, hasta el final. No obstante las interminables gestiones, sus comedias nunca se llevaron a escena. Sólo una, Puerto, fue estrenada hacia 1941 en el Teatro 18 de Julio de Montevideo, con una muy buena recepción del público y la prensa. Despouey escribió la obra, la dirigió, y hasta actuó en uno de sus papeles. En 1966, dirigida por Eduardo Schinca, se subió a escena una traducción hecha por Despouey de La escuela del escándalo, de Sheridan. Durante dos meses en cartel, la obra fue un éxito que le motivó a escribir obras como Yo soy la morocha, y Bienvenida a Buenos Aires. Otras obras de su autoría son también Adiós a la carne, y Zaraza para la Banda Oriental. En sus últimas cartas, hablaba de una nueva comedia titulada Drole de Pétrin.

Una imagen difusa

Luego de su partida hacia Europa, el recuerdo de Despouey para los montevideanos se fue borrando lentamente. Sus breves retornos al Uruguay y la escasa mención en los medios masivos, envolvieron su nombre en un injusto olvido. En los años sesenta, sale a la luz una novela de Carlos Martínez Moreno, El Paredón. La identificación de uno de los personajes del libro, Menárquez, con Despouey, aumentó aún más el clima de tensión desatado por la propia trama del libro. Pero como lo señalara Rodríguez Monegal en su Literatura uruguaya del medio siglo: … “Menárquez es sólo la parte exterior, absurda, barroca, de Arturo Despouey y no contiene nada de la cálida entraña y la angustia del ser vivo. Una caricatura no es un retrato”.

Una  de las tantas cartas  enviadas a su amigo Hugo Rocha, fechada el 27 de setiembre de 1976, da testimonio de la última paradoja que envolvió su vida. “De mí vale más no hablar. Un tratamiento de speech therapy ha servido para indicarme la extensión y profundidad de la atrofia de músculos de lengua y garganta. Una terrible sensación de impotencia, de estar tullido e inservible por el resto de mis días ha seguido a las clases (…). Proceso largo, me repiten.¿Cuán largo?¿Dos, cinco años? A los sesenta y siete cumplidos el miércoles pasado, 29 de setiembre, esos plazos parecen directamente emparentados con la muerte”.

La contradicción de un hombre que de la comunicación hizo una forma de vida. Aquella imperiosa necesidad expresiva volcada en la palabra y en los gestos inconfundibles de una avasallante personalidad, era amordazada en un cuerpo incapaz de respuesta. Es así que en Jaén, pueblo de su esposa Luz, fallece Despouey la mañana del 5 de setiembre de 1982. Le restaban pocos días para cumplir 73 años. Suyo es el honor de haber escrito un capítulo memorable del periodismo cultural nacional.

(*) Publicado originalmente en El País Cultural, Nro. 752, como extracto de una monografía académica sobre la vida y la obra de Arturo Despouey.