APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA ACCU (Álvaro Sanjurjo Toucón)

Por Álvaro Sanjurjo Toucon

Orígenes. La Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay fue fundada en 1952. De ello da testimonio un artículo publicado en Internet por la página “Lazos” (año 2, Nº 13) al reseñar la trayectoria de Homero Alsina Thevenet señala: “Fue cofundador y presidente de la Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay (1952)”.
Una revisión de la prensa de la época puede confirmar el dato e incluso documentar sobre los miembros de la entidad, entre los que se hallaban el referido Alsina, Emir Rodríguez Monegal, Gustavo Adolfo Ruegger (todos ellos vinculados al diario “El País”), José Carlos Álvarez (“La Mañana”), Julio R. Cravea (“El Día”) y varios otros de no menor importancia.
Para ingresar a la ACCU la gestión debía realizarse con José Carlos Álvarez (se le encontraba al atardecer en la redacción de “La Mañana”, Bmé. Mitre y Bs.As.), donde se informaba al postulante que los derechos plenos (gestiones de carnets de pase libre)  que se obtenían luego de un año de ejercicio de la crítica, lo cual debía probarse mediante presentación de las críticas publicadas (la crítica no escrita prácticamente no existía). Mientras tanto se tenía derecho a asistir a las funciones privadas (experiencia de 1964 de quien esto escribe).
Carnets para los críticos. Eran otorgados individualmente por cada empresa: Censa (Compañía Exhibidora Nacional SA, con los cines Censa, California, Ambassador, Luxor), CCC (Compañía Central Cinematográfica, con el Plaza y Central), Cine Metro (que se manejaba con un sistema de tarjetas que poseían en boletería) y Glücksmann Cinesa (Trocadero, Ariel, Radio City, Coventry, Eliseo, Rex). Mientras que esta última reunía todas sus salas en un carnet único las demás tenían un carnet para cada una. Los carnets poseían talones donde a cada semana del año se otorgaban dos entradas. Glücksmann se manejaba perforando las tarjetas en casillas impresas a esos fines.
Funciones privadas: Censa la realizaba en el microcine del primer piso de su edificio de la calle Colonia. Glücksmann en el microcine ubicado en el primer piso del cine Rex. Todas las restantes (de las diversas distribuidoras) tenían lugar en el microcine de la distribuidora Discina en la calle Yi.
Los “monstruos”: Las presencias que más impactaban al crítico novato en aquellas concurridas “privadas” (una veintena de críticos) eran las de H. Alsina Thevenet, José Carlos Alvarez, Emir Rodríguez Monegal, Jorge Ángel Arteaga, Oribe Irigoyen, Gustavo A. Ruegger y Julio R. Cravea. Otros de la época eran Beatriz Podestá y Antonio Larreta, fiaguras del diario “El País”, periódico al que se incorporaría Jorge Abbondanza, proveniente de un semanario de escaso tiraje.
Tambíén estaba el grupo de los jóvenes “turcos” de críticos nucleados en torno a Cine Club y/o el semanario Marcha, cuya presencia, a excepción de Milton Andrade (“El Diario”) y José Wainer (“Marcha”) era menos asidua que los “cero falta” antes señalados. Los críticos jóvenes estaban encabezados por Manuel Martínez Carril y más o menos a su alrededor Carlos Troncone, Roberto Andreón, Carlos Arroyo, Otto Cisneros, Raúl Gadea, Mario Jacob y otros. Entre los más novatos de aquellos promediales años sesenta aparecían tímidamente algunos otros, entre ellos Luis Elbert, Pierluigi Dell’Acqua, Carlos Oroño y Alvaro Sanjurjo Toucon.
Había también alguna figura difícil de inscribir en grupo alguno, tal el caso de Yamandú Marichal, María del Carmen Paz (seudónimo de una señora de apellido Olave que terminaba todas sus notas casi invariablemente con la frase “la recomendamos muy sinceramente) y Gastón Blanco Pongibove, de polémica trayectoria.. El mayor de todos ellos era Pedro Beretche Gutiérrez, vocero de medios católicos como “El Bien Público” y luego “BP Color”.
“Cuadernos de Cine Club”, revista de esa entidad con dirección (nominal) de José Carlos Álvarez y Eugenio Hintz, directivos de la institución, tiene como editor a MMC, verdadero “propietario” de la publicación. Es allí que en nota titulada “Chau, a los supercríticos”, MMC establece por escrito la ruptura generacional entre dos sectores de la crítica.
Las filiaciones. Los medios de prensa estaban nítidamente identificados política y filosóficamente, aunque no necesariamente la filiación de los críticos coincidía con la línea editorial de los diarios y semanarios en que se desempeñaban. Existían sí algunos casos de crítica firmemente impregnada de la ideología del medio, tal los casos de Oribe Irigoyen en “El Popular”, órgano oficial del Partido Comunista (donde también escribía Carlos Oroño) y Pedro Beretche Gutiérrez desde los medios católicos ya mencionados.
En el lado opuesto, firmemente adherido al batllismo de “El Día” estaba Julio R. Cravea, marcadamente anticomunista si bien en su pasado había estado vinculado a la actividad teatral de El Galpón, que aunque no oficialmente y dada la militancia de la mayoría de sus integrantes, adhería a un Partido Comunista que le apoyaba, también extraoficialmente, en el área económica. Cravea era capaz de no comentar películas de la URSS, así como su diario ignoraba hasta competencias futbolísticas locales donde interviniera algún equipo como el Dínamo de Moscú.
Los premios: un testimonio. En el documentado catálogo “Cinestrenos” (fácilmente accesible en Internet), erudito complemento del libro “Función completa, por favor”, ambos de Osvaldo Saratsola (desaparecido miembro de la ACCU, investigador e historiador de la exhibición y distribución del cine en Uruguay), en el capítulo dedicado a los premios anuales a los mejores films se detalla que estos fueron concedidos de diferentes maneras. A partir de 1960 y hasta 1973 los premios fueron otorgados por ACCU, que en ese período tuvo como integrantes y/o directivos a varios de los señalados precedentemente y a notorias figuras entre las que cabe citar a Jorge Abbondanza, Manuel Martínez Carril, Yamandú Marichal, Jorge Ricardo Solares, Jorge Pignataro, Carlos Oroño, Oribe Irigoyen (estos dos últimos marcharían al exterior) y el propio Alsina Thevenet que se radicó fuera del país desde 1965.
Los años de fuego. A finales de los sesenta o comienzos de los setenta se realiza en el primer piso de Cine Club (Rincón 567, en la misma cuadra en que se hallaba “Marcha” y a pocos metros del café Los Inmortales, Rincón y J.C. Gómez esquina NW, donde escribíó Florencio Sánchez) se efectúa simultáneamente la elección de autoridades de la ACCU y de las mejores películas. Como mejor film uruguayo es elegido un título de neto contenido político. Ante el hecho, José C. Álvarez, que acababa de ser electo presidente, renuncia al cargo ya que presidir una entidad que eligió a un panfleto político de izquierda como mejor película uruguaya, implicaría su expulsión como crítico de “La Mañana”, de cuya página de espectáculos era jefe. En consecuencia, la presidencia y vicepresidencia de la ACCU pasan a ser desempeñadas por Oroño y Sanjurjo Toucon.
Tras el golpe de Estado de junio de 1973 (en la carátula del programa mensual de Cine Club de julio aparece un puño cerrado dando un golpe, viñeta perteneciente a “The Knack”, film no exhibido en ese mes), el hecho de que exista una Asociación (gremial al fin) que realiza elecciones secretas anualmente (aunque sea para elegir mejores películas) implicaba riesgo para sus integrantes y especialmente sus directivos.
Es entonces cuando los integrantes de ACCU buscan una estratagema. Se abandona el nombre de ACCU sustituido por el aparentemente más inocuo de Círculo de Críticos Cinematográficos de Montevideo (incorporar a alguna muy ocasional figura del interior implicaba utilizar la palabra Uruguay que nos colocaría bajo la lupa de los militares que ya buscaban “proyectores rusos” y otro material subversivo en los cineclubes). La palabra “elección” fue desterrada de los comunicados del CCCM y se eligió otra fórmula para elegir los mejores films de cada año. Los críticos “celebraban” con “cena de camaradería” (término afín a la jerga castrense) la llegada del fin de año (motivo inocuo) y en la ocasión “determinaban” o “seleccionaban” (se utilizaron ambos términos) cuáles fueron los “mejores films del año”. Las “cenas de camaradería” del Círculo se celebraron casi sin excepciones en el restaurante Morini.
Aproximadamente en 1983, procurando una cierta apertura de la labor de la ACCU, ahora mutada en Círculo de Críticos, se crea la Sección Uruguaya de FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) y paulatinamente se retoma el viejo nombre que aparece con una ligera variante: Asociación de Críticos de Cine del Uruguay. Así que a partir de 1983, siempre según Saratsola, los premios anuales pasan a ser otorgados por FIPRESCI Uruguay. A fines del período dictatorial todavía no había libertad de agremiación, por lo que a instancias de Jorge Abbondanza se reunieron todos los críticos en actividad (el plantel se había renovado bastante en esos años, aunque algunos se veían solamente en las funciones privadas) y se decidió funcionar como la sección local de una federación internacional, lo que obviaba tener estatutos propios, elección de autoridades y toda connotación gremial.
Los nuevos tiempos. Recuperada la democracia, ACCU volvió a utilizar su vieja denominación como lógico vínculo de continuidad, con algunos de sus viejos integrantes aún en actividad y mucha sangre nueva. Los impulsos se volcaron a organizar muestras cinematográficas, realizar cursillos y tratar de dar mayor trascendencia pública a una labor que viene desarrollándose hace ahora exactamente 60 años. El mundo ha cambiado, de aquella docena de publicaciones escritas de antes quedan muy pocas, la televisión, la radio (en AM y FM) y hasta Internet son medios efectivos para ejercer la profesión y ACCU supera hoy las 50 afiliaciones, el mayor número de su larga historia.